Tengo noventa años. O noventa y tres. Una de dos.
Cuando tienes cinco te sabes tu edad al día. Incluso cuando tienes veinte sabes que edad tienes. Tengo veintitrés, dices, o tal vez veintisiete. Pero luego, a los treinta, te empieza a pasar una cosa rara. Al principio no es mas que un simple titubeo, un instante de duda. ¿Que edad tienes? Ah, tengo..., empiezas a decir seguro de ti, pero te detienes. Ibas a decir treinta y tres, pero no es verdad. Tienes treinta y cinco. Y de repente empiezas a preocuparte, porque te preguntas si no será el principio del fin. Lo es, por supuesto, pero pasaran décadas antes de que lo reconozcas.
Empiezas a olvidar palabras: las tienes en la punta de la lengua, pero en vez de soltarlas sencillamente, allí se quedan. Subes al piso de arriba a por algo y cuando llegas allí no te acuerdas de lo que ibas a buscar. Llamas a tus hijos por el nombre de todos los demás y al final te lo dicen ellos antes de que logres recordarlo. A veces olvidas que día es. Y acabas por olvidar el año.
Lo cierto es que yo no he olvidado exactamente. Mas bien que he dejado de prestar atención. Hemos cambiado de milenio, eso si lo se -tanto escandalo y tanta preocupación por nada, todos los jóvenes asustados y comprando comida en conserva porque algún perezoso decidió dejar espacio para dos dígitos, en vez de para cuatro-, pero eso ha podido ocurrir el mes pasado o hace tres años. Y además, ¿qué mas da? ¿Que diferencia hay entre tres semanas, tres años o tres décadas de guisantes deshechos, tapioca y pañales para adultos?
Tengo noventa años. O noventa y tres. Una de dos.
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