-En esta vida todo lo que vale la pena cuesta conseguirlo
viernes, 29 de julio de 2011
miércoles, 27 de julio de 2011
Ser feliz. Cantar. Saltar. Soñar. Sonreír.
La necesidad agudiza el ingenio. De la necesidad aprendes.
Ese momento en el que no puedes mas. Ese momento en el que ABSOLUTAMENTE todo va mal. En ese momento, te preguntas por que. En ese momento piensas... ¿Quien en este mundo es feliz? y se te ocurre algo... los niños... y ¿Por que son felices? los niños son inocentes, ingenuos, y, sobre todo, ignorantes... eso es, la ignorancia, porque, si no sabes lo q pasa a tu alrededor... ¿por que preocuparse por ello? Eso es. Y encuentras la clave. Empezar de 0. Olvidarlo todo. No pensar en nada mas que no sea tu. Aprender a actuar con rapidez. Sin preocuparse demasiado por las cosas. Tomando decisiones sin pensarlo dos veces, total, la primera es, aunque no quieras, la que de verdad deseas. Pues tomas esa. Y aprendes a no darle vueltas a si has echo bien o mal. IGNORAS el resultado que puede tener, total, lo importante es que tu estés feliz.
Y va pasando el tiempo. Vas tomando esas decisiones repentinas, que al fin y al cabo, son las que le dan emoción a tu vida. No te piensas las cosas dos veces. Y no te preocupas por lo que pueda pasar.
Y poco a poco, aprendes que lo que de verdad te hace feliz, son las pequeñas cosas del día a día. Como los niños pequeños, que no necesitan que todo el mundo les acepte, con tal de comerse una piruleta con su amigo.
La necesidad agudiza el ingenio. De la necesidad aprendes.
Ese momento en el que no puedes mas. Ese momento en el que ABSOLUTAMENTE todo va mal. En ese momento, te preguntas por que. En ese momento piensas... ¿Quien en este mundo es feliz? y se te ocurre algo... los niños... y ¿Por que son felices? los niños son inocentes, ingenuos, y, sobre todo, ignorantes... eso es, la ignorancia, porque, si no sabes lo q pasa a tu alrededor... ¿por que preocuparse por ello? Eso es. Y encuentras la clave. Empezar de 0. Olvidarlo todo. No pensar en nada mas que no sea tu. Aprender a actuar con rapidez. Sin preocuparse demasiado por las cosas. Tomando decisiones sin pensarlo dos veces, total, la primera es, aunque no quieras, la que de verdad deseas. Pues tomas esa. Y aprendes a no darle vueltas a si has echo bien o mal. IGNORAS el resultado que puede tener, total, lo importante es que tu estés feliz.
Y va pasando el tiempo. Vas tomando esas decisiones repentinas, que al fin y al cabo, son las que le dan emoción a tu vida. No te piensas las cosas dos veces. Y no te preocupas por lo que pueda pasar.
Y poco a poco, aprendes que lo que de verdad te hace feliz, son las pequeñas cosas del día a día. Como los niños pequeños, que no necesitan que todo el mundo les acepte, con tal de comerse una piruleta con su amigo.
domingo, 24 de julio de 2011
Agachas la cabeza, cierras los ojos, todo en silencio... entonces una lagrima cae por tu mejilla, y luego otra, y otra, y otra... empiezas a llorar... Y te das cuenta de que en ese momento tu vida se a terminado de derrumbar completamente. ¿Que te queda? Nada. ¿Quien te queda? Nadie... Te das cuenta de que la gente que mas te a importado en toda tu vida, se ha ido, que tus mejores amigos, ya no estan. y sabes, algo te dice, que no van a volver... Y te quedas sola en medio del camino, sin nadie que te tienda la mano para levantarte...
viernes, 15 de julio de 2011
Una de dos
Tengo noventa años. O noventa y tres. Una de dos.
Cuando tienes cinco te sabes tu edad al día. Incluso cuando tienes veinte sabes que edad tienes. Tengo veintitrés, dices, o tal vez veintisiete. Pero luego, a los treinta, te empieza a pasar una cosa rara. Al principio no es mas que un simple titubeo, un instante de duda. ¿Que edad tienes? Ah, tengo..., empiezas a decir seguro de ti, pero te detienes. Ibas a decir treinta y tres, pero no es verdad. Tienes treinta y cinco. Y de repente empiezas a preocuparte, porque te preguntas si no será el principio del fin. Lo es, por supuesto, pero pasaran décadas antes de que lo reconozcas.
Empiezas a olvidar palabras: las tienes en la punta de la lengua, pero en vez de soltarlas sencillamente, allí se quedan. Subes al piso de arriba a por algo y cuando llegas allí no te acuerdas de lo que ibas a buscar. Llamas a tus hijos por el nombre de todos los demás y al final te lo dicen ellos antes de que logres recordarlo. A veces olvidas que día es. Y acabas por olvidar el año.
Lo cierto es que yo no he olvidado exactamente. Mas bien que he dejado de prestar atención. Hemos cambiado de milenio, eso si lo se -tanto escandalo y tanta preocupación por nada, todos los jóvenes asustados y comprando comida en conserva porque algún perezoso decidió dejar espacio para dos dígitos, en vez de para cuatro-, pero eso ha podido ocurrir el mes pasado o hace tres años. Y además, ¿qué mas da? ¿Que diferencia hay entre tres semanas, tres años o tres décadas de guisantes deshechos, tapioca y pañales para adultos?
Tengo noventa años. O noventa y tres. Una de dos.
Cuando tienes cinco te sabes tu edad al día. Incluso cuando tienes veinte sabes que edad tienes. Tengo veintitrés, dices, o tal vez veintisiete. Pero luego, a los treinta, te empieza a pasar una cosa rara. Al principio no es mas que un simple titubeo, un instante de duda. ¿Que edad tienes? Ah, tengo..., empiezas a decir seguro de ti, pero te detienes. Ibas a decir treinta y tres, pero no es verdad. Tienes treinta y cinco. Y de repente empiezas a preocuparte, porque te preguntas si no será el principio del fin. Lo es, por supuesto, pero pasaran décadas antes de que lo reconozcas.
Empiezas a olvidar palabras: las tienes en la punta de la lengua, pero en vez de soltarlas sencillamente, allí se quedan. Subes al piso de arriba a por algo y cuando llegas allí no te acuerdas de lo que ibas a buscar. Llamas a tus hijos por el nombre de todos los demás y al final te lo dicen ellos antes de que logres recordarlo. A veces olvidas que día es. Y acabas por olvidar el año.
Lo cierto es que yo no he olvidado exactamente. Mas bien que he dejado de prestar atención. Hemos cambiado de milenio, eso si lo se -tanto escandalo y tanta preocupación por nada, todos los jóvenes asustados y comprando comida en conserva porque algún perezoso decidió dejar espacio para dos dígitos, en vez de para cuatro-, pero eso ha podido ocurrir el mes pasado o hace tres años. Y además, ¿qué mas da? ¿Que diferencia hay entre tres semanas, tres años o tres décadas de guisantes deshechos, tapioca y pañales para adultos?
Tengo noventa años. O noventa y tres. Una de dos.
viernes, 8 de julio de 2011
El amor... a veces eterno, otras veces pasajero. Amores de verano. Amores inolvidables. Amores insignificantes. Amores obvios. Amores poco comunes. Amores imposibles... Pero al fin y al cabo, todos tienen algo en común, son pequeños y efimeros rayos de luz que iluminan un momento de tu vida, son una ráfaga de viento salvaje que arrastra consigo millones de momentos que dejan huella, palabras, lágrimas, sonrisas...
Tu... un amor inolvidable, un amor imposible... de esos que renacen de sus cenizas en el momento mas inesperado y de la forma mas inesperada.
Tu. Yo. Nosotros. Nuestra historia... de esas que te encogen el corazón y te erizan la piel, de esas que al recordar te humedecen los ojos. Una de esas historias con las que aprendes, avanzas y te ayudan a caer de pie después de tropezar. Una de esas historias en los que cada momento es un buen recuerdo.
Y conforme va pasando el tiempo, vas aprendiendo y saboreando distintos tipos de amores. Esos amores que te llenan, o esos que te dejan con un enorme vacío.
El pasajero. El obvio. El poco común. El insignificante. El inolvidable. El imposible. El que me llena. El que me deja bacía. Ojala pudiera saborear también el eterno, que lastima que en este caso, sea uno imposible, pero se, que si no lo fuera, posiblemente seria eterno. Te quiero.
Tu... un amor inolvidable, un amor imposible... de esos que renacen de sus cenizas en el momento mas inesperado y de la forma mas inesperada.
Tu. Yo. Nosotros. Nuestra historia... de esas que te encogen el corazón y te erizan la piel, de esas que al recordar te humedecen los ojos. Una de esas historias con las que aprendes, avanzas y te ayudan a caer de pie después de tropezar. Una de esas historias en los que cada momento es un buen recuerdo.
Y conforme va pasando el tiempo, vas aprendiendo y saboreando distintos tipos de amores. Esos amores que te llenan, o esos que te dejan con un enorme vacío.
El pasajero. El obvio. El poco común. El insignificante. El inolvidable. El imposible. El que me llena. El que me deja bacía. Ojala pudiera saborear también el eterno, que lastima que en este caso, sea uno imposible, pero se, que si no lo fuera, posiblemente seria eterno. Te quiero.
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